viernes, 14 de agosto de 2015

UN VEINTIDÓS DE MAYO

Alguien apretó el interruptor. Todos los fluorescentes, uno a uno, se fueron encendiendo, simulando una especie de efecto dominó; primero hacían dos parpadeos y después estallaba la intensa luz blanca que iluminaba aquella sala. La última explosión de luz se produjo justo delante de la puerta por la que la chica entraba. Una puerta roja, que daba paso a una habitación de unos veinte metros cuadrados  totalmente pintados de blanco.

La inmensa claridad y el polvillo que flotaba por el aire hicieron entrecerrar sus parpados.
Solo después de que su vista se adaptase a aquella nueva atmosfera pudo ver el único objeto que había en el recinto: Una caja de terciopelo del mismo color que las paredes, el techo y el suelo.

La curiosidad puso sus manos sobre el broche de oro que cerraba la caja. El pulgar recorrió la pieza hasta llegar a un extremo, entonces empujó suavemente, pero la caja no se abrió; llevaba mucho tiempo sin abrirse. Tras forzar la intensidad de la palanca entre el pulgar y el broche un breve chasquido anunció que la caja ya estaba desprotegida de ese cierre.
Sus manos ascendieron por los laterales de la caja y retiraron con total parsimonia la tapadera.

¿En el interior?
Una roca, grisácea, cubierta de polvo.
Las manos siguieron el recorrido deslizándose por los costados, como dos serpientes rodeando a su presa. Al alcanzarla, dos temblores seguidos surgidos desde el interior de la roca agrietaron su superficie.

La chica bajó la vista y vio como una mancha roja se expandía por el fondo de la caja. Poco a poco iba invadiendo toda su blancura. Los temblores no cesaban y las grietas se iban ensanchando dejando paso ya no a gotas, sino a chorros de ese liquido viscoso color pasión que milímetro a milímetro iba coloreando el terciopelo de la caja.

De golpe, un trozo de roca se desprendió, como la cascara de un huevo.

Los temblores pasaron a ser latidos. Latidos que nunca más se oirían en aquella sala, porque tras apagar las luces la ladrona desapareció con el contenido de aquella caja tan misteriosa.







jueves, 23 de abril de 2015

Especial Sant Jordi 2015: LA GOTA

A veces rosado, a veces blanco qué más da; lo importante es apreciar ese momento tan delicado, ese instante en que tan solo un poco de aire, un temblor o un empujón de alguien que pasa por tu lado puede estropearlo, manchando el mantel blanco con una gota que se expandirá rápidamente o lo que es peor, que ésta caiga en la camisa del comensal. Fíjate, el camarero viene con un paño blanco que tiene una “M” cosida con una magnifica caligrafía, en la mano lleva una botella de color negra y cuello dorado, sin abrir aun. Llega a tu mesa, te dice “disculpe”, se acerca a tu copa y durante dos segundos y medio te la sirve por la mitad. Durante esos dos segundos y medio, el vino a caído rozando las finas paredes de ese cristal y dejando una gota que se desliza, igual que la lluvia en las ventanas de los coches, arrastrándose por la superficie dejando su senda atrás, cuanto más lento cae, más alcohol tiene.

No se podía servir mejor un vino, recuerda dos segundos y medio, ni uno más porque sino llenarías la copa demasiado y eso produce malestar al invitado; ni uno menos ya que entonces el cliente podría pensar que has ido demasiado rápido, como si no te importara su presencia, y solo quisieras acabar cuanto antes.

Tumbada en la cama, otra gota se deslizaba por sus mejillas, no era lluvia, no era vino, era una lágrima que contenía rabia. Rabia de no haber podido despedirse bien de aquel chico al que tanto quería. Habían sido amigos durante dos años y seis meses, pero la timidez escondía su expresión, su parte romántica, de tal manera que el chico nunca se enteró de lo que ella sentía.

Dos años y medio, dos segundos y medio. El camarero inexperto no cesaba; la copa estaba ya medio llena, pero no le parecía suficiente, así que optó por inclinar menos la botella adelgazando el chorro para que no pareciese tanto la cantidad que le estaba echando. Cuando acabó, el comensal sostuvo la copa. Tres cuartos; más que suficiente para que se le pusiera la nariz roja y el alcohol comenzara a subirle a la cabeza. Que pena, ese vino era uno de los más buenos, por eso mismo el camarero lo tendría que haber servido siguiendo el protocolo y respetando el tiempo para que no se llenase más de la cuenta y empalagase a la persona que se lo tomara.


Demasiado tiempo echando vino, llenando la copa. Demasiado tiempo conteniendo ese sentimiento que ahora eran lágrimas.  




lunes, 9 de febrero de 2015

LA CARTA NÁUTICA

Siempre me acordaré de la historia del curioso navío que desapareció en medio del mar.

Llevaba ya cuatro meses anclado en el mismo lugar, viendo salir el sol durante días y días...
Olas que chocaban contra la popa con fuerza, intentando que se moviera, salpicando sus laterales, y llenando de agua aquellas letras grabadas en madera: “ROMA”. Así se llamaba el barco inmóvil.

Toda la gente comenzó a extrañarse. Un barco abandonado – decían –, pero no era así; porque cada noche se encendía la luz del camarote donde el capitán descansaba. Tumbado en su litera, con la vista fija en una foto de aquel paraíso tan bello y hermoso.
¡Cómo le brillaban los ojos! ¡Cómo le evadía del frío de la noche!

Por las mañanas salía al exterior, se sentaba en un barril de unos de los extremos de la nave y reflexionaba sobre algo mirando un mapa. Buscaba rutas, diferentes vías para emprender su viaje, ese viaje que tanto anhelaba.
Podía haber cruzado antes por costas rocosas, era el camino más corto pero tan solo un golpe con una de esas piedras le hubiera roto la coraza; prefirió hacer el itinerario largo, navegó por un mar de dudas que poco a poco iba penetrando por las grietas y le acercaba a su destino.

A la mañana siguiente la incertidumbre se sembró en el pueblo. Había desaparecido, ni rastro de él.
Quizás aquel barco superó el peso de las dudas y consiguió llegar a buen puerto, o tal vez, después de tanto esfuerzo y paciencia, el mar se lo acabo tragando y el pobre capitán murió ahogado sin poder cumplir su deseo.

Nadie sabía nada de lo ocurrido, igual que nadie sabía que el nombre de esa nave, “ROMA”, se tenía que leer al revés para entender la verdadera historia del joven marinero. 



lunes, 5 de enero de 2015

De 12 a 1

Quitarte las zapatillas y dejarlas en un rincón. Comprobar que esté activada la alarma del despertador. Taparte con la manta y apagar la pequeña lamparilla de la mesita de noche.

No es la cama la que se mueve, no es el frío de la habitación lo que hace que tu cuerpo tiemble, no. Ese estómago tiene hambre y ya ha cenado, esos ojos cerrados que fuerzan el entrecejo no tienen miedo a la oscuridad, no.

Hay un gusano que trepa en tu interior, hambriento de respuestas y sediento por volver a verte. Muerde el corazón esperando su retorno, sube por el pecho poco a poco congelando todo el camino que ha dejado atrás.
Escalofrío, corriente eléctrica por la columna vertebral que te hace abrir los ojos, das un suspiro, notas que la almohada está caliente, un choque de temperaturas entre tu cuerpo y el colchón hace que busques el rincón más frío de la cama para no notar ese contraste; lo encuentras, vuelves a cerrar los ojos, tu cuerpo vuelve a estar normal, ya no te tiemblan las manos, el hielo que pisaban tus pies ha desaparecido.

Sabes que el gusano no se ha ido; sabes que mañana a la misma hora volverá, de 12 a 1, cuando ya no se oiga nada en tu casa. Cuando ninguna cosa silencie su ausencia, cuando ningún olor cubra el suyo, cuando tu corazón lata tan fuerte que toque las paredes de tu pecho...
De 12 a 1 cuando todavía el sueño no se haya apoderado de ti. 



lunes, 3 de noviembre de 2014

EL MEDITERRÁNEO DE MIRANDA

Las olas del Mediterráneo chocaban contra las rocas. Gaviotas revoloteando alrededor del mar, intentando cazar alguna presa que nade despistada por la superficie.

Ese espacio tan natural de Portbou, en el cual cada respiro que das se convierte en  un alivio para tus pulmones. Ola tras ola, impulsadas por una fuerza sobrenatural; emitían ese sonido que tanto echaba  a faltar, un sonido que recoge las penas ahogadas de personas desesperadas que buscan una solución ante aquel espejo que refleja al cielo.
Pequeñas partículas de agua nacían cuando la ola moría y se quedaban suspendidas en el aire. Algunas volvían a caer en esa masa líquida y fresca volviendo a formar un nuevo ciclo y otras se mantenían flotantes a la altura de mi nariz. Ese olor que emanaba del mar, me hacía recordar los 16 años vividos allí: Tardes en la playa, paseos por el puerto, noches de pesca y de fiesta mayor en las barracas de los pescadores. Y todo eso acompañado de risas y muchas más risas con mis amigos.

¿Y ahora qué?
A 700 km de ese paraíso, el olor a gloria no se puede percibir, ni siquiera el mejor perfume lo puede substituir.

Pero ahora te tengo a ti. Hermosa como el Mediterráneo. La espuma de sal son tus dientes blancos, y el compás de tus olas tu don de hablar. Tu pelo ondeado, y a veces liso como cuando el mar esta calmado. Tu elegancia al caminar imita el movimiento que provoca el viento en la superficie del mar...

Eterna felicidad me provocas al ver que tengo un mar mucho más cerca de lo que pensaba:


El Mediterráneo de Miranda.





martes, 14 de octubre de 2014

EL ÁRBOL DE LAS RAÍCES VISIBLES

Vivir toda la vida en un pueblo de Cataluña y trasladarte a los 16 años a una pequeña ciudad de Castilla y León, es una cosa que no es ni fácil ni difícil, sólo se trata de continuar viviendo igual pero en otro sitio. Lo explico de esta manera tan simple por varias razones.

Mucha gente cree que este cambio es volver a nacer, empezar de nuevo, sólo manteniendo tu nombre, tus apellidos y nada más. Entendiendo y respetando su inexperiencia sobre esto, ya que yo también pensaba lo mismo antes de emigrar, me atrevo a decirles a estas personas que se equivocan.
 Hay dos palabras clave para seguir manteniendo tu identidad: positivismo y continuidad.

Positivismo, porqué como bien dijo una vez mi tío Juanjo: “Si te apuntas un problema, tendrás un problema” así que más vale entrar en esta etapa fijándose más en lo que yo llamo “detalles verdes”, que son aquellas cosas que te hacen sentir bien.
 
Y en cuanto a continuidad, me refiero a que no hace falta cambiar nada de lo que eres, no hay que tener miedo a que descubran de dónde eres, ni cómo eres, ni tan solo de que ideología eres, es cierto que esto último es algo más íntimo, obviamente no hay que pasearse por las calles con un megáfono diciendo “Soy de derechas” o “Soy de izquierdas”, porque eso no se hace en ningún sitio, pero sí que puedes opinar en público sobre tus ideales, y quizás puedan entenderte, porque si hay una cosa en común en la clase social de este país es que hay libertad de opinión.

Igual que hay gente que dice, que una vez en la vida hay que escribir un libro, yo creo que una vez en la vida hay que hacer un traslado, ya que es la única manera de poder disfrutar de dos culturas diferentes y también de descubrir cosas sobre ti mismo, en mi caso: el acento catalán. Notar el acento catalán en Cataluña es una cosa muy complicada porque la mayoría de gente también lo comparte, pero una vez vives en cualquier parte del estado español comparas el castellano de los nativos y el tuyo; entonces te das cuenta del acento que tienes, cosa de la que disfruto, porque me hace sentir más cerca de mis raíces, noto que no se entierran y son visibles para los demás.




jueves, 11 de septiembre de 2014

EL 10 DE SETEMBRE- Capítol 4 (Final)

Les fulles queien dels arbres, i un petit corrent d’aire les feia ballar abans de xocar amb el paquet calent de castanyes que sostenia a la mà, estàvem asseguts en un banc de la plaça d’independència de Girona, veient a un home grassonet, fent crits passionals per organitzar a una colla castellera. Més a l’esquerra hi havia cinc nois i dues noies interpretant “La presó del rei de França” amb gralles.

M’encanten els castellers, és una activitat que reflecteix la força de l’esperit català. La força de lluitar durant tres cents anys, la força de mantenir el poble català durant una època de prohibicions, la força d’anar construint un país tal com ho fan ells, a poc a poc i ben fet, vigilant que no es caigui el castell, que no s’enfonsi aquesta força.
Va començar a fer fred i els castellers es van anar corrents, al cucurutxo de diari ja no hi havia més castanyes, se les devia haver menjat l’Estel...

Observant l’escultura dels defensors de Girona dels setges de 1808 i 1809 em vaig adonar que a la base de l’estàtua hi havia neu. Estava nevant i a la plaça abundaven paradetes de figures de pessebre: Caganers, tiós, fuets, mel i mató en tarrons de ceràmica...
Tot un negoci català, on part dels diners que recaptaven anava dirigit a la Marató de TV3, per demostrar la solidaritat catalana, que sempre està present en tots els llocs.

De sobte, el cel es va emplenar de núvols i una pluja fina va desfer la neu que s’acumulava a la plaça.
Les parades de botigues continuaven allà, però ja no venien productes nadalencs, sinó roses i llibres. Més a l’esquerra tornaven a estar els joves de les gralles, però aquest cop amb altres instruments i amb més gent tocant una sardana.
Em vaig animar a ballar una amb l’Estel, així que ens vam unir al cercle. Catalunya treballa amb coordinació, al compàs d’una sardana, com la que ballàvem en aquell moment, abans que em tornés a marejar i caigués a terra.

Tenia els ulls tancats, però sonava encara la sardana. Vaig obrir els ulls i vaig veure a la Judit amb un gran somriure. Havia recuperat coneixement.

-Ho sento Judit, sé que et vaig prometre que avui aniríem a Barcelona a passar la Diada, però no ha pogut ser.- Vaig dir vessant unes llàgrimes al coixí d’aquell llit.

-Avi no et preocupis, la història que acabes de contar, aquesta descripció de Catalunya, ha fet que aquest onze de setembre sigui el més especial per a mi.  Potser l’ANC haurà fet una gran senyera en forma de V a Barcelona, potser avui al meu balcó no hi ha cap bandera, però tu sol has fet una cosa més important, m’has penjat una senyera al cor.

Feliç Diada de Catalunya!